Treinta y Ocho SP
lunes, 20 de octubre de 2014
El cuarto era azul con una ventana, la misma ventana que muchìsimas veces he visto y ninguna importancia habìa tenido. Lugar donde mi bisabuelo guardaba sus hierbas, si es que eso eran, donde luego se concentraron los enceres que nadie necesitaba. El cuarto nunca ha sido azul en realidad.
Ahi estaba María Guadalupe Balcázar Espinoza, acostada en una pequeña cama y tapada por cobijas còmo las que se usan en cualquier hogar mexicano; la observé plenamente, lucìa joven cómo si yo hubiera tenido seis años en ese momento; a su lado estaba ella misma, tal como la recuerdo cuándo murió; fue entonces cuándo me miró, quitò las cobijas y se levanto de la cama, pero yo no me acerquè.
- ¿Còmo has estado?- me preguntó
- Bien, ¿Y a ti? ¿Còmo te va de ése lado?
- Pues mira.
Y señalò la cama donde antes habìa estado acostada, dònde ahora jugueteaban niños o algo parecido entre las cobijas y ahi volví a observarla, yerta, con la boca abierta y una mirada de cadàver que nada contenía,
- ¿A ella ya la conocìas?
- Si, ya la habìa visto.
Fue entonces cuàndo sentì un calma tan profunda, que acaricié mi propio pecho y sentì tomarla en mis manos. Desde entonces puedo llorar.
martes, 29 de abril de 2014
Puaj
Se que la ciudad es grande, se que
tiene millones de habitantes, pero hoy vi al la persona más fea de
la ciudad de México. Horrible.
Eran alrededor de las 8:45 de la noche
y yo, a bordo de la línea rosa del metro, regresaba a mi casa. Se
vacíaba el metro a cada estación y eso es bueno. Se liberan
asientos y cualquiera puede afianzarse un buen lugar donde sentarse
mientras el convoy avanza. Abren las puertas e ingresa un hombre
delgado, como de uno setenta y algo de estatura, veinticinco o algo
más de años. Vestía al estilo de oficina : una camisa desteñida y
amarillenta, apezar de ser del color azul; un pantalón gris y necio
como el cemento. quizá mas obscuro; además de zapatos puntiagudos y
terrosos.
Al entrar al vagón se despedía de una
mujer anónima y eso parecía alegrarle, se veía emocionado,
sonreía. La piel de su cara era de un color raro, terrosa, morena,
amarillenta, todos los colores en una combinación heterogénea. ¿has
visto las palmas de un vegetariano? ¿las
plantas de los pies de un vago? Jiotoso. En su barbilla nacían
puntos negros, lacerando su cara y convirtiéndola en piel de
gallina. Incipiente barba. Asco. Le han llamado tripofobia, pero yo
le digo asco. Unos delgadísimos y resecos labios . Una nariz
apuntando hacia ninguna parte. Por suerte, llevaba unos lentes lo suficientemenente gruesos como para no verle los ojos. Tenía cabello delgado, grasoso, largo y
escaso. Se veía la piel del cráneo. En su coronilla había manchas
rosas sin cabello, y yo me acordé de los perros sarnosos; él, como leyendo
mi mente, se rasca aquellas irritaciones,y despés mira lo que ha quedado atrapado
entre sus uñas, para luego hurgar su nariz, mirar sus dedos. Sigue contento, ilusionado
hijo de su puta madre. Lanza palabras al aire que sólo el escucha y
luego sonrisas. Sonrisa sin forma, su boca parece un reguero de
gises. Al menos 3 milimetros entre diente y diente, azarosos,
filosos.
Se siguen desocupando lugares y se
sienta justo enfrente de mi. Tengo comezón. Mi vista se empalaga en
lo grotesco,.Él sigue hurgando su nariz, sigue mirando sus dedos después
de hacerlo, sigue sonriendo y su sarna mas rosa que nunca, pero mas
cerca. Siento que puedo olerlo.
Ahora que reflexiono, lo que más me
dio asco fue su felicidad.
miércoles, 19 de marzo de 2014
Se fueron todos y no se a dónde
Me
dejaron encerrado este lugar gigantezco y casi vacío. Siento como si
estuviese enterrado, perdido y lejano. La luz se filtra escasamente
de algunos rincones en las alturas: blanca, pareciese pura. Se que es
luz de sol. No han dejado abierta ninguna ventana, ni puerta. Todo
parece cerrado, un trabajo que se realizó con prisa.
He dormido no se por cuánto tiempo, el
calor es inmenso y sofocante, el polvo se ha metido en mis pulmones y
me parece doloroso respirar, sin embargo, desespero cuando me
despierto, contemplo noches al pleno día, me iluminan mas mis ojos cerrados.
Me han dejado sólo un cuadro y un
espejo, supongo que por si me aburro. El cuadro es grande y
detallado, pero sólo puedo verlo parcialmente, dependiendo el ángulo
de la luz que entra. He visto colores profundos, rostros, sangre, cielo, luna, praderas, montañas, sonrisas y por momentos anhelo algo inidentificable. El lienzo es rugoso al tacto,
quisiera comérmelo, pero es muy amargo, además de irritante. Prefiero no vomitar más.
Por momentos puedo ver mi rostro
reflejado a la luz, observo mis ojos en un eterno reflejo mientras
hay luces y no hay nadie que me diga quién soy o si realmente soy esa figura detrás del espejo. Ya no sonrío y me pregunto si alguna vez lo hice. Después duermo de nuevo, pero poco mas hay
por ver.
No se cuánto tiempo ha pasado ya, pero
es demasiado. Tal vez pueda romper el espejo y cortarme el pescuezo
de oreja a oreja o ¡mejor! rajarme la piel poco a poco y divertirme un poco
mas, pero ya no siento pasiones, ni impulsos, me conformo con poco.
Miro adelante y no hay nada, he volteado y no veo más. Ni energía,
ni fantasía, ni un diablo al cuál venderle el alma, ni una brújula
a la cual pedirle guía. Empiezo a amar el polvo que me impide respirar.
Mi prisión se oxida y escucho su lamento, he aprendido a escucharla y eso me complace, me siento bien el contemplar las partes del cuadro retocadas con mi sangre y una imagen borrosa de lo que alguna vez fuí, pero lo que más me complace es poder probar mis lágrimas y saber que alguien más ha vivido de ellas.
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