lunes, 20 de octubre de 2014
El cuarto era azul con una ventana, la misma ventana que muchìsimas veces he visto y ninguna importancia habìa tenido. Lugar donde mi bisabuelo guardaba sus hierbas, si es que eso eran, donde luego se concentraron los enceres que nadie necesitaba. El cuarto nunca ha sido azul en realidad.
Ahi estaba María Guadalupe Balcázar Espinoza, acostada en una pequeña cama y tapada por cobijas còmo las que se usan en cualquier hogar mexicano; la observé plenamente, lucìa joven cómo si yo hubiera tenido seis años en ese momento; a su lado estaba ella misma, tal como la recuerdo cuándo murió; fue entonces cuándo me miró, quitò las cobijas y se levanto de la cama, pero yo no me acerquè.
- ¿Còmo has estado?- me preguntó
- Bien, ¿Y a ti? ¿Còmo te va de ése lado?
- Pues mira.
Y señalò la cama donde antes habìa estado acostada, dònde ahora jugueteaban niños o algo parecido entre las cobijas y ahi volví a observarla, yerta, con la boca abierta y una mirada de cadàver que nada contenía,
- ¿A ella ya la conocìas?
- Si, ya la habìa visto.
Fue entonces cuàndo sentì un calma tan profunda, que acaricié mi propio pecho y sentì tomarla en mis manos. Desde entonces puedo llorar.
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